Escapada a Madrid

No sé qué tiene Madrid, pero tiene un algo que me hace volver a ella una y otra vez. Es un idilio permanente que parece no tener cura. Debo admitir que, a pesar del número de veces que he estado allí, aún no la he visitado turísticamente. Sin embargo, desde que soy vegana, he vuelto a Madrid una y otra vez por su amplia oferta gastronómica. Siempre me prometo a mí misma que algún día iré a visitar todos los puntos de interés que tiene la ciudad. Siempre me lo prometo, siempre para la próxima vez, pero cada vez que llega esa próxima vez se convierte en un aquí y ahora en el que una vez más me vuelvo a prometer volver para, de una vez por todas, ser una buena turista.

El último fin de semana de enero, mi compañera de trabajo (y amiga) Andy y yo nos fuimos de fin de semana a Madrid con la intención de degustar la mayor cantidad de comida vegana posible. Fue una visita súper exprés, ya que salimos el viernes de trabajar por la tarde, para coger el autobús nocturno, y volvimos el domingo por la tarde noche. Volvimos exhaustas, pero con la tripa bien llena y felices de haber desconectado de la rutina diaria y de tanto trabajo.

Sin embargo, no nos hizo falta llegar a Madrid para comenzar nuestra ruta vegana, pues teníamos bien claro que desde que saliéramos de trabajar nos íbamos a pasar el día comiendo.

Hicimos una primera parada en el Flying Tiger de Deusto, ya que me di cuenta de que no llevaba ni papel ni boli en la mochila de viaje, que preparé en menos de cinco minutos,  y que para mí es imprescindible para poder anotar ideas que se me van ocurriendo. Lo que no sabíamos era que ese cuaderno se iba a convertir en un elemento clave del viaje gracias al cual ahora puedo escribir esta entrada sin perder detalle alguno. Una vez abastecidas con todo el material de papelería necesario, nos dirigimos a nuestro primer destino de la ruta en Bilbao: el restaurante mexicano Totopo, en la calle Henao.

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Allí comimos unos burritos veganos con tofu. El de Andy con guacamole y el mío con salsa picante que, por desgracia, no picaba nada. Me gusta mucho el picante y mi paladar se ha vuelto muy exigente últimamente y, para que algo me pique un poco, tiene que picar muchísimo.

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También pedimos unos totopos con guacamole para compartir. El guacamole es fresco y se nota mucho, está buenísimo. La pena es que haya tan poco guacamole para tanto totopo.

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Después de cenar tocaba hacer algo de tiempo, ya que el autobús no salía hasta las 2:00 y, por desgracia, el tiempo en Bilbao estaba tan desapacible como lo ha estado en los últimos 3 meses, por lo que tocaba refugiarse en algún lugar resguardado. Así que nos dirigimos a The Beetle Bar, en la Plaza Unamuno, a tomar algo calentito.

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Me tomé un Cola Cao con leche de soja calentito, para quitar el frío del cuerpo, y Andy tomó un té negro “Perla Negra” y una porción de tarta de zanahoria de Txarloska.

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Y empecé a escribir en nuestro cuaderno de aventuras…

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Pero el Beetle cerró muy pronto y una vez más nos encontramos bajo la lluvia bilbaína sin saber muy bien a dónde ir, así que nos dirigimos hacia Amorino, en el Casco Viejo, para degustar uno de sus maravillosos helados. Para nuestro chasco, lo encontramos cerrado, por lo que pusimos rumbo hacia el Pepe Mújica, para comprar algún pintxo para llevar para el camino, y nos llevamos tres mini bocatas de tortilla de patata vegana.

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Pero el Pepe Mújica también estaba cerrando, con lo que no había posibilidad de hacer tiempo allí y decidimos aprovechar que había escampado para caminar poco a poco hacia la estación de autobuses y parar en algún sitio que siguiera abierto.

La estación de autobuses estaba completamente cerrada y necesitábamos un baño urgentemente. Menos mal que el de seguridad nos dejó entrar un momento al ver nuestra cara de desesperación. Después del baño nos fuimos al único lugar cercano que quedaba abierto, el salón de juego. Allí me tomé un mosto y después seguí escribiendo un poco en el cuaderno para no olvidar ni un detalle de por dónde habíamos pasado.

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Y Andy lo ilustró con esa facilidad tan envidiable que tiene para dibujar…

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Y por fin llegó la hora de subir al autobús y poner rumbo a Madrid. Además, esta vez en autobús de lujo.

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¡Agur Bilbao! ¡Agur lluvia! ¡Hello Madrid!

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El viaje de autobús duró casi 4 horas y media y no conseguí pegar ojo. Mantuve los ojos cerrados y me concentré en dormir con todas mis fuerzas, pero fue imposible. Nunca he sido capaz de dormir sentada. Necesito una cama, una buena manta y mucho silencio, cosas que no se consiguen en un autobús. Así que me planté en Madrid sin haber pegado ojo, pero contenta de haber llegado. Eso sí, tuve tiempo de buscar un lugar abierto 24 horas donde comer unos buenos churros, la prestigiosa chocolatería San Ginés.

Tras una rápida parada por los baños, ¡¡¡los cuales tenían la cisterna estropeada!!!, nos dirigimos a la estación de metro de Avenida de América para ir a Callao. Tuvimos que pelear un buen rato con la máquina expendedora de billetes, ya que nos escupía las monedas todo el tiempo. Resulta que desde hace poco, el metro de Madrid solo funciona con tarjeta recargable, ya no hay billetes de papel. Incluso para un viaje individual, que cuesta entre 1,50 y 1,80, hay que comprar una tarjeta que vale 2,50. La máquina no fue capaz de vendernos la tarjeta y el bono de 10 viajes a la vez, por mucho que tenía la opción, y por eso escupía las monedas, hasta que al final se nos ocurrió la genial idea de hacerlo por separado y pudimos continuar nuestro camino hacia San Ginés.

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Andy y yo con cara de no haber dormido en toda la noche, pero contentas de dar comienzo a nuestro finde gastronómico.

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La chocolatería San Ginés se fundó en 1894 y goza de muy buena reputación…

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…aunque no me quedó muy claro el porqué. Los churros que nos sirvieron son, sin lugar a dudas, los peores churros que he probado en mi vida, sin exagerar. Estaban fríos, sabían revenidos, desde luego no estaban hechos al momento, llevarían horas hechos, y no llevaban azúcar. Sí, ya me lo han dicho, si no llevan azúcar se lo pones. Pues no es lo mismo, una vez fríos y revenidos el azúcar no se pega bien.

El local estaba bastante sucio, no era precisamente acogedor. Además, para ser un lugar de tanto prestigio, ni siquiera tenían leche de soja o algún otro tipo de bebida vegetal. Sin duda no volvería nunca allí, ni se lo recomiendo a nadie. Mejor buscar churros en algún local más pequeño en el que sean capaces de hacerlos al momento.

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He de dar las gracias al bocadillo de tortilla del Pepe Mújica que me ayudó a quitar el hambre que los churros no pudieron.

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Después de la decepción que resultó ser la chocolatería San Ginés, nos dejamos guiar por el Sr. Google hacia un Wowble supuestamente abierto, solo para encontrarlo cerrado. Así que seguimos caminando las calles de Madrid en busca de algún sitio donde desayunar algo, lo que fuera, aunque fuera un triste Cola Cao, pero eran ya las 9.00 y ni siquiera los sitios que ofertaban desayunos estaban abiertos.

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Pasamos por delante de un lugar llamado “Hakuna Matata” y en mi cabeza no podía parar de repetir “Hakuna Patata” y tras tanto repetirlo, a Andy y a mí se nos ocurrió que podría ser el nombre de un restaurante dedicado a hacer platos a base de patatas. Una especie de patatería, pero con una gran variedad de platos patateros. ¿Quién se apuntaría a comer en un lugar así?

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Por fin llegamos al Pans & Company y, resignadas, decidimos probar suerte…

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… ¡y la hubo! Tenían leche de soja, así que pedimos dos Cola Caos a una camarera que parecía estar enfadada con la vida y que odiaba su trabajo, aunque al menos me llamó “cielo”, lo que me hizo olvidar un poco su apatía y poca amabilidad.

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Y aproveché el momento para escribir todo lo que nos había pasado durante las pocas horas de aventura que llevábamos.

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Tras reponer fuerzas, fuimos al Primark. OK, no soy fan del Primark, pero a Andy le hacía ilusión, así que entramos a verlo. Es enorme. Acabé comprando un cepillo de dientes que me había olvidado de traer conmigo, unas chancletas que Elur le comió a mi hermana, que las había traído de Madrid, y una sudadera para dormir, ya que tan solo me llevé unas mallas y una triste camiseta, con lo friolera que soy.

Y después nos fuimos para el Delish Vegan Doughnuts, donde trabaja Ceci de Criaturillas Salvajes, y donde venden los mejores donuts veganos que he probado en mi vida (no tuve la suerte de llegar a degustar los donuts de Yasmina en Gopal, antes de que dejara la repostería).

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Y aquí están nuestros donuts. Uno de chocolate avellanado y el otro de frambuesa. Y unos zumos naturales para acompañar. El mío de naranja y el de Andy de naranja sanguina, zanahoria morada, jengibre y boniato. Ahora sí, esto sí que es un buen desayuno/almuerzo/casi comida.

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Y se nos hizo la hora de comer, así que pusimos rumbo a Distrito Vegano, a unos 3 km del Delish Vegan Doughnuts. Cuando llegamos estaba lleno de gente y tuvimos que comer en la barra, pero tras la caminata tampoco nos importó mucho. Yo lo único que pensaba era en comer y no andar más. Supongo que Andy también.

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De entrante pedimos dos croquetas, una de cocido y la otra de hongos. Buenísimas. No sabría decir cuál me gustó más.

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También pedimos unas patatas panadera dos salsas. Horribles. Entre sosas, frías y requemadas. Me sobró este plato, la verdad.

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Y después pedí un Hot Dog completo chileno. Estaba muy bueno, con guacamole fresco, pero para cuando llegué al perrito estaba ya llenísima y, por mucho que me duela dejar comida en el plato, tuve que dejar la mitad.

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Andy no tuvo tanta suerte con su hamburguesa Wakame. Estaba sosa y tirando a fría y tampoco se la acabó.

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Además, había exposición de Amebas Invasoras, aunque no pude disfrutarla todo lo que hubiese querido, ni fotografiarla mejor, ya que había demasiada gente y el local era minúsculo.

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Después de comer es cuando nos dimos cuenta de que llevábamos más de 24 horas sin dormir y decidimos ir a casa de Vero y Ale a echar una siesta de una vez por todas, así que cogimos el metro en Lavapiés para ir a Quintana y descansar un poco. Aunque la siesta duró tan solo 3 horas porque habíamos quedado con unas cuantas personas de Instagram para hacer una cena vegana en el Shi Shang.

Creo que ninguno de nosotros es 100% fan del Shi Shang, pero era el único sitio que nos aceptó una reserva para 11 personas con tan poca antelación. El Shi Shang es un buffet chino vegetariano/vegano en el centro de Madrid. Es la segunda vez que voy y la verdad es que su comida no me entusiasma demasiado. Todo me sabe igual de soso e insípido, así que dudo que le dé una tercera oportunidad cuando vuelva a Madrid. Lo bueno fue conectar con un montón de gente afín a mí y desvirtualizar unas cuantas caras más.

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Javi, Carol, Hugo, Cecilia, Ander, Diana, yo, Andy, Cecilia y Ale:

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Diana, yo, Vero y Ale:

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Hugo, Carol, Diana, yo, Vero y Ale:

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Con mis dos Cecilias favoritas, de hecho, las únicas que conozco:

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Carol, Cecilia y Andy:

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No nos quedamos mucho tiempo porque estábamos agotadas, Carol y su familia tenían que volver a Toledo y Cecilia estaba de exámenes, aún así lo pasamos muy bien y espero poder volver a Madrid muy pronto y volver a quedar.

El domingo nos despertamos bastante tarde, llevábamos demasiadas horas de sueño acumuladas y necesitábamos recuperar fuerzas. Por desgracia, a Vero la comida del Shi Shang le había sentado mal y Ale tenía trabajo que hacer y no nos pudieron acompañar a comer.

Esta vez sí, reservamos mesa en el Superchulo, un restaurante vegetariano en Malasaña que, casualmente, se encontraba cerca de la estación de metro Bilbao. Era una señal, no nos iba a defraudar.

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Conexión interminable en Diego de León:

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Y acertamos de pleno. Un local precioso, camareros súper amables y comida espectacular. Puedo afirmar, sin duda alguna, que esta ha sido la mejor comida vegana que he probado en mi vida. Nos sirvieron un aperitivo de plátanos y boniatos deshidratados…

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…seguido de sus “Patatas Inolvidables”, buenísimas, nada que ver con las patatas panaderas de Distrito Vegano…

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…yo me pedí unas Brochetas Teriyaki hechas con Heura, que tenían una textura de pollo alarmante y que estaban deliciosas…

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…y Andy se pidió un Pad Thai de la Manuela.

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De postre me comí esta deliciosa tarta de queso crudivegana…

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…y Andy una Delicia de Maracuyá con helado tropical. Definitivamente un 10/10.

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Tras la comida pasamos por el Flying Tiger de la calle de Fuencarral, con la intención de ir desde allí al FNAC de Callao, pero creo que esa calle fue nuestra perdición. Primero nos ofrecieron churros…

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…y después encontramos varias tiendas “multimierda”, como yo las llamo. Esas que tienen un poco de todo, la mayoría cosas más inservibles de lo que parecen en un primer momento, pero tan llamativas que te las comprarías todas. Tanto que hasta una persona tan poco consumista como yo caería en ellas sin remedio.

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Y por fin llegamos al FNAC, última parada de nuestra breve visita a Madrid. Llegó la hora de volver a casa de Vero y Ale a recoger nuestras mochilas y volver a Bilbao.

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Y de ahí a Avenida de América. ¡Agur Madrid!

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De vuelta en el autobús nos sirvieron cena. Me sorprendió que toda la comida era apta para veganos menos el sobre de salchichón, que me cambiaron sin problemas por unas patatas fritas y unos frutos secos.

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Todo lo bueno dura tan poco… Así que mi conclusión es que hay que vivir los buenos momentos lo más intensamente posible, como si no hubiera un mañana.

Una vez más, gracias, Madrid.


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