Cuando odias lo que haces

¿Qué pasa si lo que estás haciendo con tu vida ya no te llena o nunca te ha llenado? ¿Sigues adelante por no comprometer tu estabilidad, bien sea económica, emocional, sentimental o de cualquier otro tipo o, por el contrario, te arriesgas y le das a tu vida un giro de 180º?

Últimamente me he encontrado a mí misma poniendo excusas del tipo: ya soy muy mayor, puede que si lo dejo todo salga mal y me quede sin nada, o tendría renunciar a mi estabilidad económica para perseguir un sueño… Parece una insensatez. Nos han hecho creer que luchar por lo que quieres es una locura destinada al fracaso. Cada día me topo con más y más gente frustrada por haber seguido el camino «correcto» y no haberse arriesgado a hacer lo que realmente quería cuando tuvo la oportunidad.

No voy a mentir. Me he vuelto una de esas personas. Hace años era una experta en mandar todo a la mierda cuando a lo que me dedicaba ya no me hacía feliz y volver a empezar. Con el paso del tiempo, no sé si por miedo o por simple amargura, me he ido resignando a aceptar la situación en la que me encuentro que es, básicamente, trabajar, trabajar y trabajar. Trabajar, pero ¿con qué fin? ¿El mero hecho de sobrevivir? Sobrevivir está bien. Sobrevivir es necesario, pero, una vez tienes esa necesidad cubierta, qué tal si tratamos de prosperar?

Hace 10 años me encontraba en un trabajo que ya no aguantaba más. Tenía un contrato fijo y la promesa de una estabilidad económica para toda la vida. PARA TODA LA VIDA. Esas palabras resonaban en mi cabeza cada vez que salía de casa para ir a trabajar y sentía una angustia que se apoderaba de mí, haciendo que llegara a mi puesto a punto de llorar. Un buen día, ese año 2010, un lejano volcán, el Eyjafjallajökull, decidió entrar en erupción y crear un caos de considerable magnitud. Durante una semana no pude ir a trabajar. Iba de casa al gimnasio y del gimnasio a casa y, no sé por qué, lo recuerdo como la mejor semana de mi vida. Sin embargo, el día que me llamaron para reincorporarme, se me cayó el mundo encima. Mi felicidad se desmoronó por completo y me arrastró a un sitio aún más oscuro del que me encontraba anteriormente. Ahí es cuando me di cuenta de que esa erupción de un lejano volcán acababa de marcar un punto de inflexión en mi vida. Poco tiempo después, yo dejaba la seguridad de mi trabajo para lanzarme a una nueva aventura con una mano por delante y otra por detrás. Hoy puedo afirmar categóricamente que volvería a hacerlo una y mil veces.

Al dejar mi antigua vida atrás, se me abrió un mundo de posibilidades, descubrí muchas cosas nuevas y me redescubrí a mí misma. Yo no sería quien soy ahora mismo si no hubiese sido por aquella decisión que tomé y, probablemente, habría sido cada día más infeliz.

Hoy, por desgracia, me encuentro en una situación muy similar a la de hace 10 años. Ya no me llena lo que hago porque hace mucho tiempo que no le he dado una oportunidad de verdad a las cosas que realmente me gustan. Iba por un camino muy parecido al del 2010 cuando, de repente, se desató la pandemia.

Soy consciente de que lo que estamos viviendo es algo excepcional. Me apena muchísimo que el mundo esté pasando por esto y que haya tanta gente que lo esté pagando con sus vidas. Sin embargo, es algo que escapa totalmente a mi control y lo único que puedo hacer es esperar y quedarme en casa. Mientras, todo este tiempo de encierro me ha servido mucho para reflexionar. Pienso que va a ser un nuevo punto de inflexión porque he descubierto que puedo vivir con bien poco y aún así ser feliz. Porque las cosas que de verdad están llenando mi tiempo ahora mismo son las que no cuestan dinero. Y, sobre todo, porque he vuelto a permitir que la creatividad regrese a mi vida, que es algo que me hace muy muy feliz.

Llevo tanto tiempo posponiendo mis proyectos creativos con la excusa de que necesito trabajar, que estoy muy ocupada, o que eso no me va a dar de comer… que se me acumulan por decenas. Tengo tres novelas en estado avanzado (39.000, 25.000 y 20.000 palabras respectivamente) y lo único que encontraba en mi interior eran excusas para no terminarlas, a la vez que se iban gestando nuevas ideas en mi cabeza, que a día de hoy se cuentan por decenas.

Desde que tengo uso de razón, siempre he querido escribir. Siempre he escrito. Sin embargo, nunca me he dado una oportunidad a mí misma de vivir de ello, porque no le he dedicado el tiempo que se merece, ni le he dado el valor que realmente tiene. El miedo al fracaso ha jugado un papel importante en todo esto, pero creo que va siendo hora de dar al miedo una patada bien grande en el culo. Ningún sueño merece ser descartado por imposible que parezca, tan solo tienes que creer lo suficientemente en ello. Y trabajar, trabajar duro, pero, a fin de cuentas, ¿no es más duro trabajar en algo que no te llena el resto de tu vida?

Y es en estos días en los que decido que no puedo perder más el tiempo. El futuro es demasiado incierto como para comprometer nuestro presente. Quiero levantarme todos los días sabiendo que los voy a dedicar a aquello que me apasiona y vivir, por fin, sin miedo. Así que aquí estoy, dejando constancia escrita de que no volveré a trabajar en algo que no me haga feliz. Voy a dedicar mis días a plasmar palabras, que es lo que debería haber hecho desde el minuto 0. Después, el tiempo dirá.

De vez en cuando, me gusta tomar una dosis de realidad a modo de recordatorio para reafirmarme en todo lo que estoy contando y esta charla de Alan Watts siempre me ayuda a mantener los ojos abiertos. Tal vez debería escucharla todos los días a partir de ahora para que no se me vuelva a olvidar nunca más. Si no la habéis escuchado os la recomiendo encarecidamente. Creo que es el mejor consejo que nadie puede recibir en esta vida.

Hace muy poco, además, vi otro vídeo que me abrió mucho los ojos. Básicamente viene a decir que «el que mucho abarca poco aprieta» y me sentí muy identificada. Uno de mis mayores problemas a la hora de dedicar tiempo a lo que me gusta es que me gustan demasiadas cosas. Quería aprender a escribir, dibujar, pintar, cantar, tocar la guitarra, fotografía, edición de vídeo… Soy consciente de que hay gente capaz de abarcarlo todo y sacar un buen provecho de todo ello. Yo no soy una de esas personas. Si intento aprenderlo todo, nunca pasaré de un nivel mediocre en cada campo que toque. Por eso este vídeo fue tan importante a la hora de abrirme los ojos, precisamente porque aconseja centrarte en una sola cosa y dedicarte a ello todos los días de tu vida.

«Lo que estás haciendo es poner un solo ladrillo en un millón de casas diferentes esperando que algún día se conviertan en una mansión»

Por último, dejo otro de los vídeos que me acompañan desde hace años. Habla de nuestra zona de confort, zona de aprendizaje y zona de pánico y todas las cosas mágicas que pueden llegar a ocurrir una vez sobrepasamos nuestras propias barreras mentales.

Y así es como dejo esta entrada del blog a modo de manifiesto, porque ya no va a haber un solo día más en el que encuentre una excusa válida para no escribir. Escribiré mañana, tarde y noche. Escribiré de sol a sol. Escribiré sin parar. Y así seguiré escribiendo hasta el día en el que todas mis ideas se hayan agotado. Solo entonces podré vivir tranquila, sabiendo que ya no me queda nada más por contar.


Una respuesta a “Cuando odias lo que haces

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.