La ladrona de canicas

Os quiero contar una historia que me tuvo desconcertada durante bastante tiempo. Cuando empezó todo pensé que, de alguna forma, estaba recibiendo alguna señal de algún tipo que no estaba siendo capaz de descifrar. Después, cuando descubrí el verdadero porqué de lo que estaba sucediendo, sentí el alivio de poner fin a la incertidumbre, aunque, en cierto modo, también me llevé una decepción. Sin embargo, a día de hoy, ahora mismo, siento un enfado incontrolable por lo que voy a relatar.

Resulta que hace ya bastante tiempo, no sabría decir si un año o dos, caminando con Elur y Frankie por una de nuestras rutas habituales más cercana a casa, observé algo esférico y brillante en el suelo que me llamó la atención. Al acercarme vi que era una canica. Me agaché, la cogí, la observé durante unos segundos y me la metí al bolsillo. Hacía siglos que no veía una. De hecho, creo que no veía canicas desde que era pequeña y, como aún soy bastante infantil, me hizo mucha ilusión.

Días más tarde, caminando por esa misma ruta, me topé con otra. No me lo podía creer. ¿Quién iba dejando canicas por ahí para que yo las encontrara? Así que, una vez más, repetí la operación: agacharme, coger la canica, observarla y guardarla en el bolsillo.

Así es como, poco a poco, fui coleccionándolas, maravillándome del enorme misterio que se escondía tras esos hallazgos. ¿Quién las estaba dejando? ¿Por qué? ¿Qué intentaba comunicarme por medio de ellas? En mi cabeza se iban formando miles de historias para aportar una explicación que satisficiera mi necesidad de poner fin a mi perplejidad.

No sabría decir cuánto tiempo transcurrió hasta que por fin concluyó la incertidumbre. La cuestión es que una noche, paseando con la jauría acompañada de mi madre, observamos cómo una perra de raza pastor alemán, miraba fijamente al suelo, expectante. Fue entonces cuando su dueña se acercó y dio una patada a lo que parecía estar observando con tanta atención. Para mi sorpresa, el objeto que salió rodando no era nada más ni nada menos que una canica.

En seguida me acerqué a ellas y le pregunté a la chica a ver si su perra solía jugar con canicas por esa zona. Me respondió que sí, poniendo así fin a todas mis fantasías. Por fin había encontrado una explicación lógica a mis hallazgos. Parte de mí se sintió aliviada por no tener que dar más vueltas al asunto, aunque, por otro lado, sentí cierta decepción por no haber encontrado una explicación algo más emocionante.

Aun así, y a pesar de conocer la realidad del asunto, seguí coleccionando canicas cada vez que las encontraba. Supongo que parte de mí aún quería creer en otra explicación, por lo que las seguí recogiendo del suelo, observándolas un rato, guardándolas en el bolsillo y, una vez en casa, iban a parar a un bote de cristal. No sé cuántas tendré ya, lo que sí sé es que no se cuentan con los dedos de las manos.

En una ocasión, mi madre me acusó de robarle las canicas a un pobre perro, pero yo seguía manteniendo la ilusión de los hallazgos por lo que hice caso omiso. No lo vi como un robo sino más bien como un proceso lógico de la vida en el que los objetos acaban pasando de mano en mano.

La cuestión es que, todo esto no habría quedado más que en otra simple anécdota en mi vida si no fuera porque ayer Frankie se puso enferma. Después del mediodía empezó a vomitar y estuvo un buen rato con espasmos. No quiso comer nada y sus tripas parecían una caja de truenos. Visitamos al veterinario y Javi, que la conoce muy bien y sabe que se lo lleva todo a la boca, al ver lo que estaba pasando por el interior de su vientre decidió hacerle una radiografía. Es entonces cuando me quedé boquiabierta. Frankie tenía dos canicas en el intestino grueso. No me sorprendió en absoluto, pero sentí mucha rabia y mucho enfado. En ningún momento pensé que mi perra fuera a ser tan tonta como para tragárselas, pero está visto que sí. Javi nos recomendó cambiar de ruta porque esa zona probablemente esté plagada. Si yo he sido capaz de encontrar tantas, tiene que haber muchas más que yo no haya visto.

Y es así como el misterio de las canicas ha pasado de ser algo anecdótico a ser un buen motivo de enfado. Ahora, pensándolo fríamente, me pregunto: ¿a quién se le ocurre darle canicas al perro para jugar? ¿no es demasiado peligroso?

 

edfDSC00002


Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.